Adolfito

Adolfito

Arturo Pérez Arteaga
Por: Arturo Pérez Arteaga

Hace poco tiempo a la ciudad donde vivo llegó una visita oficial, y fueron muchos los cambios de paisaje que pudimos observar de súbito. Por esto no pude desaprovechar la oportunidad de escribir este cuento.

Que lo disfruten...

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El único semáforo del pueblo amaneció encendido, tantos años habían transcurrido desde que se dañó que ya nadie sabía a ciencia cierta si alguna vez, antes de esa, había funcionado o sólo estaba allí como una decoración extravagante.

Para ser muy sinceros en la historia, en ese pueblo ni siquiera era necesario un semáforo, total, sólo contaba con dos calles que se cortaban y formaban una cruz algo ladeada a lo largo de las cuales, se fueron erigiendo casas de forma desordenada, negocios, oficinas municipales, un dispensario y hasta una modesta iglesia.

La novedad alertó a los vecinos, quienes al rayar el alba se vieron deslumbrados con el cambio tricolor de luces en sus calles. Los comentarios no se hicieron esperar, algunos decían que era obra de la casualidad, otros que se trataba de un milagro o una brujería, en eso no se podían poner de acuerdo y los menos, que por su extremo escepticismo habían preferido mantenerse al margen de las primeras inferencias, decían que había sido la alcaldía la encargada de repararlo.

La burla del resto hacia estos vecinos que fueron tildados de lunáticos no se hizo esperar, los comentarios sardónicos ante lo que se consideraba la más absurda de las teorías de todos los tiempos, parecía que se haría eterna. 

Aún estaban las chanzas a flor de labios cuando un vecino llegó corriendo hasta la multitud que se había arremolinado ante el fenómeno vial y casi sin aliento exclamó asustado: “Adolfito ya no está”. Todos los vecinos se miraron entre ellos en una mezcla de asombro e incredulidad.

“¡No es posible!”, decían unos, “¡Está mintiendo!” decían otros, pero el vecino que dio la noticia lo ratificó e incluso lo juró por las luces de aquel semáforo que lo iluminaba.

Adolfito, el bache que hasta ayer se encontraba a la entrada principal del pueblo, bautizado así al aparecer frente a la casa de don Adolfo Urticariosa, un respetable solterón que fue de sus fundadores más honorables y que al no haber tenido descendencia, se le ocurrió a algún gracioso abrogarle la paternidad del hueco vial.

En el lugar de Adolfito, una mancha negra oscura cambió el paisaje a la entrada del pueblo. Algún entendido dijo, no sin algo de duda, que así lucía el asfalto recién pavimentado, pero ni los más viejos pobladores podían corroborar tan osada afirmación. Nunca lo habían visto.

El ir de un asombro a otro, de una noticia a otra, de una sorpresa a otra, hizo distraer a los vecinos de lo que ocurría muy cerca de ellos. De súbito, frete a sus ojos una caravana de vehículos grandes, negros y con los cristales oscuros, entraron al pueblo. 

Pasó justo por encima de la mancha oscura que cubría al extinto Adolfito, lentamente avanzó calle arriba y se detuvo en el recién estrenado semáforo mientras la luz roja así se lo indicó y luego se estacionó frente a la sede del ayuntamiento.

Nadie sabía lo que ocurría ni la razón por la que pasaba todo aquello, seguro que se trataba de una visita oficial y al juzgar por las banderas era la primera visita de un gobernador al pueblo. 

De pronto un vecino, en una preclara expresión se atrevió a decir: “Cuando se le ocurra venir al presidente, seguro y hasta nos hacen una pasarela así que vamos pensando en que nombre le pondremos”.

-APA-



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