Arcoíris

Arcoíris

Arturo Pérez Arteaga
Por: Arturo Pérez Arteaga

Reciban como siempre un fraternal saludo acompañado de este cuento, en parte inspirado en la famosa novela del gran Kafka, "Metamorfosis".

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Al despertar se sintió un poco enfermo, la sensación de dolor era generalizada y el epicentro era una incipiente jaqueca que amenazaba con convertirse en una cefalea de proporciones épicas.

Sus ojos y su cuerpo pesados como rocas y este último además estaba lento y tan amodorrado que el sólo intentar moverse representaba una tarea titánica. Brazos y piernas como sacos de arena mojada y en la boca sentía un dulzor amargo de origen desconocido, nunca antes percibido.

Varios minutos pasaron antes de poder entender lo que ocurría, estaba sólo y por eso no intentó pronunciar palabra, al menos en un buen rato, siempre había sido un solitario y se había acostumbrado a pasar largos períodos sin siquiera emitir sonido, se conformaba con mantener su conversación interna, misma que le decía que esa mañana algo andaba mal.

Cuando el dolor de cabeza arreció e intentó moverse, sintió un dolor intenso que comenzó en su frente y recorrió todo su cuerpo en un relámpago de puñales hasta la punta de los dedos del pie. Intentó quejarse y allí notó que ni siquiera podía abrir la boca, sus labios estaban prácticamente soldados.

El dolor generalizado se agudizó segundo a segundo, sólo sus ojos podían delatar todo lo que aquel hombre sentía, eso en el caso de que alguien tuviese la ocasión de contemplarlos.

Pero estaba allí, solo en su humilde habitación de pensión, tirado sobre un camastro que ni siquiera había tenido la dicha de delatar su naturaleza ruidosa, al ejercer sobre él las artes asociadas a la entrega de la pasión sexual.

Al llegar a niveles extremos, el dolor terminó por vencer la conciencia de nuestro amigo quien se desmayó. Mucho tiempo pasó, aunque sería imposible decir cuánto en forma precisa. El sol que entraba por la rendija de la pequeña ventana de la habitación, indicaba que transcurrieron horas.

separador

Volvió en si y esta vez, a diferencia de la anterior, consciente de lo que adolecía, hizo una verificación inmediata de sus afecciones para descubrir que no sentía absolutamente nada, todos los dolores habían desaparecido, de la cabeza a los pies, no mas sabor amargo y no mas sensación de pesadez.

Pudo incorporarse a medias, levantó la cabeza por encima de su eje longitudinal y alcanzó a ver el resto de su cuerpo, se llevó las manos a la cara y las vio nítidas, encogió las piernas y las sentía ligeras, asumió que lo anterior se trataba de una pesadilla, de esas tan reales que uno cree estar despierto.

gotas

Otra vez se recostó en el camastro y suspiró aliviado para descubrir que su aliento era de colores. Sorprendido abrió la boca, esta vez si pudo, exhaló con fuerza, como quien quiere empañar un espejo y volvió a ver salir un arcoíris de su boca. “Maldición debo seguir soñando” fue lo que pensó. En base a esa suposición cerró los ojos e intentó seguir durmiendo para salir de una vez por todas de esa absurda pesadilla.

Fue imposible, con los ojos cerrados seguía viendo de forma nítida el techo de la habitación, extrañado miró en derredor sin siquiera intentar abrirlos, esa experiencia, aunque nueva no le asustó y decidió aprovecharla mientras durara, podría apostar que seguía soñando así que no había nada que perder.

Se apoyó en sus brazos, tensó sus piernas y los músculos abdominales para intentar incorporarse. No pudo hacerlo, sus manos ante el esfuerzo parecieron atravesar el camastro sin romperlo y el resto del cuerpo simplemente no obedeció.

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Levantó un poco el cuello, pudo ver el resto de su cuerpo tendido, inmóvil y esta vez desprendía un vapor multicolor, similar al de su aliento formando una neblina brumoso y psicodélica dentro de la habitación, misma que luchaba por escaparse por cada orificio, rendija o grieta que hubiese en el techo, la ventana o alrededor de la puerta.

Se estaba evaporando, sin dolor y sin asombro, ante su propia mirada atónita.

Días después, extrañado de no verlo ni entrar ni salir, como era su costumbre en jornadas laborales, su casero decidió tocar la puerta de la habitación de pensión y al no obtener respuesta, con ayuda de otros inquilinos decidió tirarla, aunque tenía el consuelo de que nada malo ocurría porque en lugar del olor típico de la carne en descomposición que se presenta cuando los organismos tienen días sin vida, de allí sólo expelía un muy agradable olor a frutas frescas.

Una vez dentro de la habitación sólo pudieron encontrar sobre el camastro una ceniza multicolor cubriendo la modesta sábana.

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