Cerebro chupado

Cerebro chupado

Arturo Pérez Arteaga
Por: Arturo Pérez Arteaga

Nuestra queridísima amiga Pilar Oyola nos vuelve a brindar la oportunidad de publicar uno de sus cuentos y nosotros encantados lo hacemos... Esperamos que sea el agrado de todas y todos nuestros apreciados lectores.

Todos los derechos reservados


Me di cuenta enseguida de que a Manuel, el mejor redactor que teniamos por ser el más leídos y felicitado por los lectores de la revista, algo le estaba pasando porque sus repetidos argumentos y malas historias asi lo demostraban.

No podia entender que había pasado de tener relatos con gran ingenio y osada creatividad, me trajese trabajos mucho menos que mediocres, insalobres, en una palabra inleibles. Lo llame a mi oficina y le pregunté ¿qué le estaba pasando? ¿si tenia algún problema con el que lo pudiese ayudar? o ¿tal vez estaba estresado y quisiese tomar un descanso? quizá un par de semanas, sin volver a la redacción.

Me miro y con un ademan raro tocándose la cabeza me dijo,

- Algo me succiona las ideas, puedo recordar como en una visión, que soy inducido a un sueño muy liviano y presa de unos seres alienígenas me someten a toda clase de experimentos, chupando todas mis ideas -Agrego además - Yo mismo siento que mi cerebro, si es que aun lo tengo, no piensa igual que antes, me están secando el cerebro - dijo.

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Me quede callado y con una carcajada atorada en la garganta que término en una sonrrisa a medio formar, viendo la cara de angustia y desconcierto de Manuel. Vaya si seguía siendo creativo este Manuel, o ¿estaría enloquecido? 

Para no reir a carcajadas y salir del paso, por el disparate que acababa de escuchar, tosí dos veces y me levanté de la silla, le palmeé la espalda y le dije que ya mismo se fuese a su casa, tenía tres semanas de permiso. Mi secretaria le daría su sueldo y que descansara, ya sea en su casa o donde fuere, pero que se relajara.

Pasaron dos semanas de no saber nada de mi querido Manuel, así que decidí  llamarlo para saber como la estaba pasando, me atendió muy contento de escucharme, despues de charlar un rato me invito a comer un asado en su casa el fin de semana, a mi y a todo el grupo de la redacción. Acepté pero con la condición de dividir los gastos.

El domingo llegamos en cuatro automóviles a la casa de Manuel, una propiedad heredada de sus abuelos de cuatro hectareas a las afueras de la ciudad, a la cual él se había mudado hacia un año. Una casa estilo colonial,  antigua pero muy bien cuidada, con un hermoso parque con grandes árboles de pino, una gran piscina al fondo y al costado de la casa el quincho, dónde Manuel ya había encendido el fuego, armado una mesa larga con sillas, tendido manteles, y colocado los cubiertos.

Ayudamos con las ensaladas y a terminar de acomodar la mesa, con bromas y aperitivo en medio.

Antes de que estuviese el asado pase a la cocina a buscar los condimentos para las ensaladas, cuando iba a salir, de curioso nomas, miré el living de reojo, algo me llevo a ver unas manchas en la pared, me acerqué y pude ver todas las paredes con unos extraños símbolos escritos. Se me erizó el cuerpo.

Salí de allí sin decir palabras y prepare la ensalada. Todos estaban ya sentados esperando a que Manuel empezará a servir la carne.

Yo volví por servilletas a la cocina y por la ventana que daba al patio pude ver en el jardin que se repetían los símbolos en las paredes del fondo, salí y rodeé la casa y pude ver un círculo inmenso de pasto quemado en la parte trasera de la casa.

Me sentí observado, alguien estaba detrás de mí, me di vueltas y era  Manuel que me avisaba que el asado estaba en la mesa, me miró  extrañado y me preguntó,

- ¿Todo esta bien?

MPO



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