Extorsión

Extorsión

Arturo Pérez Arteaga
Por: Arturo Pérez Arteaga

Hoy les entrego un cuento que lamentablemente refleja una realidad muy cruel que se vive día a día en nuestras ciudades, sin importar el país o el continente porque la delincuencia, el egoísmo y el comportamiento miserable no conocen fronteras.

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Por el trabajo que desempeñaba su número de teléfono era de dominio público, para Mariano Alcántara atender llamadas de números desconocidos le era harto familiar. 

La sorpresa se presentó cuando lo que parecía una llamada de rutina se convirtió en el comienzo de una pesadilla. Su interlocutor de manera autómata, muy rápida y haciéndose entender bien, le describía su vida, le hablaba de su trabajo, su familia, la escuela de sus hijos y hasta las horas de entrada y salida de él y sus familiares a los lugares que frecuentaban. 

Le exigió no comunicarse con la policía, remató diciendo que volvería a contactarlo y si en un lapso perentorio no le entregaba un monto fuerte de dinero lo lamentaría.

Invadido por la desesperación Mariano, como un acto reflejo llamó a su esposa, pero al no querer alarmarla le preguntó por los niños tratando de ser natural en la conversación. Evitando que el pánico lo apresara recordó que un amigo muy cercano tiene buenos contactos con los cuerpos de seguridad, se comunicó con él y lo citó a un café cercano. Su amigo al notar la angustia en la voz de Mariano accedió de inmediato y acudió al lugar pautado.

Mariano le explicó la situación entre llantos ahogados y cigarrillos mal encendidos que ni siquiera le permitieron notar que el café era intragable. Su amigo de manera muy fría definió el plan de acción, debían comunicarse con la brigada especial anti extorsión y secuestros, por suerte él tenía muy buenas relaciones con ellos. Intentó tranquilizarlo lo más posible, le pidió los detalles, le dijo que se encargaría de todo y que lo estaría llamando para indicarle como proceder en adelante.

Al cabo de dos sempiternas horas, su amigo lo llamó para darle las instrucciones a seguir. Mariano debía acceder dócil a lo que pidiera el delincuente que llamaba, regatear un poco el pago, mostrarse asustado, pedir algo de tiempo mientras se reúne el dinero y acordar entregarlo en un establecimiento público, nada de su casa o algún lugar remoto. El plan estaba en marcha.

Con la segunda llamada del extorsionador, todo se ejecutó como se había previsto, el monto y el tiempo para conseguir el efectivo se regateó, el malhechor, esta vez más amable accedió a bajar la suma exigida en un principio al ver que Mariano estaba cooperando. Se fijaron la fecha y hora de la transacción en un centro comercial de la ciudad. Minutos mas tarde, Mariano se comunicó con su amigo para darle todos los detalles y éste lo felicitó por el gran trabajo.

Al llegar el día pautado, el delincuente esperó desde muy temprano la llegada de su víctima, quien con un maletín oscuro se apersonó a la hora en punto. Con una llamada le indicaron donde dejar el dinero y Mariano procedió según las instrucciones. 

Dejó el maletín cerca de unos contendores de basura, dentro de un saco que habían dejado para ese fin y desapareció del lugar rumbo al estacionamiento. Minutos después, un hombre con una gorra de beisbol, lentes oscuros y chaqueta de cuero se acercó a tomar el maletín. 

El primero que lo vio fue el señor de la limpieza, seguido por un vendedor ambulante que por allí estaba, ambos desenfundaron sus armas y dieron la voz de alto, el hombre de la chaqueta de cuero y los lentes oscuros al verse sorprendido sacó un arma e intentó apuntar, era demasiado tarde, se escucharon dos detonaciones y calló al piso de inmediato, sangrando profusamente. 

Todo fue confusión a partir de ese momento, Mariano estaba con algunos policías en un auto estacionado cuando recibieron la noticia. No sabría decir por qué, sería morbo, deseo de venganza o la simple necesidad de ponerle cara al odio, pero lo cierto es que Mariano insistió en que quería ver la cara de quien lo intentaba extorsionar.

Luego de una breve discusión, salió del vehículo, corrió hasta el sitio del hecho de sangre, se abrió paso a empellones entre los curiosos y los policías para ver bien de cerca, ya sin los anteojos, la cara de su hermano muerto, tirado en el suelo con dos disparos en el pecho.

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