langosta

La Langosta

Oswaldo Gómez
Por: Oswaldo Gómez

Esta es la breve historia de cuando conocí al monstruo más bello del mundo. Una langosta fuera del agua.


LA LANGOSTA

Cuentos de vacaciones

Tendría como 9 o 10 años, cuando conocí la primera langosta de mi vida. En aquel tiempo, mis tíos Andrés y Rosa Elena, vivían a tres casas de la esquina de Arismendi e Igualdad, en aquella Porlamar a punto de entrar en la Zona Franca. Por más señas, quedaba en la misma acera de la casa grande, donde Mamá Aquilina mandaba con mezclas de amor y firmeza a partes iguales.

La casa de mi tía Rosa Elena me gustaba mucho. Era menos caótica que la enorme casa grande, porque sólo vivían allí Andrés Cruz Bonilla, Rosa Elena Reyes y mi tía Helena, hermana de mi papá. Aquella casa tenía su patio interior, aledaño a las habitaciones, que fomentaba la convivencia familiar. Y el fondo.

Mi tío Andrés era un personaje notable de la Margarita de entonces. Era un reconocido poeta, orgullosamente adeco, que hablaba durísimo porque era bastante sordo. Todos mis primos y yo, contemporáneos, le debemos al buen Tío Andrés el dominio del idioma, porque nos incentivaba a aprender a escribir y redactar bien. El Tío Andrés era columnista habitual en los periódicos de la época, y una persona conocida y apreciada.

Un día como cualquiera, andando de paseo con la muchachera en el carro, a mi papá le pegan un grito desde la acera. Si mal no recuerdo, fue Licho Fermín, que le dio razón del Tío Andrés, que lo esperaba en su casa. Apuramos la visita al Valle del Espíritu Santo para ir a casa del tío, en el entendido que volveríamos a cumplir con la ritual visita a la Virgen del Valle, como debe ser.
Cuando llegamos, pasamos directo al fondo de la casa. Mis ojos no podían creer aquello. Era el propio monstruo de Ultraman, pero tan torpe, que no se podía parar. Movía sus antenas de un lado al otro, pero el hecho de estar fuera del agua, la volvía la criatura más inerme y enigmática del mundo entero.

A pesar de lo estrambótica, aquella langosta no me pareció repulsiva. Fue, creo, la primera vez que pude encontrar la belleza en algo que, supuestamente, no la debería tener. Algo en ella, quizás aquella indefensión, irradiaba una desesperanzada ternura. Porque su pasión no era colgando de una cruz, sino aplastada contra el mesón por la implacable fuerza de gravedad.

El plan era cocinar la langosta, que un buen amigo le había traído a Tío Andrés desde la Isla de Coche. Pero aún dos margariteños de toda la vida, no tenían idea de cómo cocinarla. Decidieron entonces preguntarle a la señora Andrea, pero luego del almuerzo, que en la casa grande era un ritual sagrado.

Quisieron los misterios de la vida, que todos abandonáramos aquella casa, para ir a la casa grande, excepto mi tía Rosa, La langosta, colocada a la sombra sobre la tapa del tanque de la casa, no iría a ninguna parte, dado lo torpe e indefensa que era, fuera del agua. Mi tía Rosa, de hábitos frugales, se hizo algo ligero para almorzar y tomó una siesta. En la Porlamar de las puertas abiertas, todas las casas solo tenían un portillo, medio sujeto con un rudimentario pasador, así que solo aseguró el portillo con el pasador, y se recostó.

Ese día llegó a la casa grande, como coincidencia, Mimiro. Vladimir, hijo de mi tía Isabel, primo de mi papá, era un tipo jovial, tranquilo y muy aventurero. La tertulia de bienvenida se prolongó, luego del almuerzo, hasta que alguien recordó la langosta. Andrea dio la receta, y salió el tropel de gente para casa de mi Tío Andrés.

Las caras de los adultos pasaron del asombro a la desilusión. La de nosotros los niños, de no entender nada, a seguir sin entender. Frente de la casa de mi tío, en el pavimento, se veía algo espaturrado. Algo extraño, que no tenía sangre, pero tampoco era una fruta, y que había dejado un ratro baboso que se internaba en casa de Tío Andrés. Cuando logramos distinguir el abanico de la cola y una de las pinzas, entendimos todo, con colectivo asombro y desilusión. Aquella langosta, lenta y agónicamente, se había tirado del mesón, y buscando la luz de la calle, atravesó toda la casa, dolorosamente, en busca de la vida que un pescador cochense le osó arrebatar en tan mala hora.

Quiso la providencia que muriera aplastada bajo las ruedas de un carro, en vez de cocinada dentro de su mismo carapacho por el ardiente sol de agosto, o peor, lanzada aún viva a una olla de agua hirviendo. En la búsqueda de la libertad y vida arrebatadas, aquella langosta encontró la inexorable muerte de la manera más inusual. Ahora entiendo que aquella langosta fue el primer ser libertario que conocí en mi vida.



La Langosta
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
Rating: 0/5 (0 valoraciones)

Gracias por tu valoración!

Ya has valorado esta página, sólo la puedes valorar una vez!

Tu valoración ha cambiado, gracias por contribuir!

Conecta o crea una cuenta de usuario para valorar esta página.