Lluvia negra. Cuento

Lluvia negra. Cuento

Arturo Pérez Arteaga
Por: Arturo Pérez Arteaga

No es muy difícil adivinar qué inspiró el cuento que hoy les presento. Es sólo una forma de ver a mi pueblo, al que he llamado en mas de una ocasión mi ITACA, no obstante, sin querer tapar el sol con un dedo, necesita con urgencia de mucho amor y cuidado porque está muy enfermo y condenado a la desaparición por nuestra indolencia... Para tí Cabimas, este relato.

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Mi pueblo, como cualquier otro del pasado, tenía su iglesia de paredes de barro y techo de palma frente a una plaza, donde el prócer ya no estaba o quizá nunca estuvo. Almendrones y mangos enormes se destacaban como los refugios de diversión predilectos de los niños. La bodega de Chua, donde se jugaba bingo y dominó por las noches, era nuestro centro social y comercial. Las casas con sus enormes zaguanes invitaban a conversar con los vecinos. Las calles de tierra eran sobre todo quietas y sólo sacudían su polvareda cuando las carretas irrumpían con la mercancía venida de otros lares.

Un día cualquiera, de la nada apareció una fuerte lluvia y alguien tuvo la idea de llamarla “progreso”. Una lluvia bastante extraña, porque en lugar de venir del cielo brotaba de las entrañas de la tierra y era negra como la noche, no obstante, lo más extraño fue que a su paso, el “progreso” no dejaba charcos como podía suponerse, sino de manera trastornada y caótica: paredes de concreto, aceras, edificios de todos los tamaños, muchos bares, incuantificables ladrones y prostitutas, carreteras pavimentadas y gente con otros acentos e idiomas.

Se llevó los mangos que poco a poco fueron desapareciendo, los almendrones murieron de tristeza, la tienda de Chua se desvaneció o más bien se transformó en un Mall, los vecinos cambiaron el bingo por el paint ball y el dominó por el scrabble.

Cuando la lluvia cesó, porque todo cesa tarde o temprano, el caos se detuvo, ya no había nada nuevo, ni construcciones ni gente. Las costumbres pasadas habían desaparecido sin que las nuevas tuviesen tiempo de arraigarse, la gente desconcertada simplemente huyó de tanto desorden.

Por favor no me pregunten su nombre o su sitio en el mapa, porque esa lluvia negra a mi pueblo se lo tragó.

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