¿De quién te divorciaste?

¿De quién te divorciaste?

Arturo Pérez Arteaga
Por: Arturo Pérez Arteaga

Una de las conductas que hemos adoptado en la cultura occidental en los últimos años, más recientemente en América Latina que en Norteamérica, es la cultura del divorcio.


En algún momento, nos enteramos que no teníamos que estar obligados a vivir con la misma pareja por el resto de nuestras vidas, por más que las iglesias se empeñaran en afirmarlo. Ocurriendo lo inevitable, lo comenzamos a hacer y eventualmente, la conducta se hizo común y corriente.

De las circunstancias que puedan mover la toma de tan difícil decisión no vamos a hablar aquí, así como tampoco haremos un análisis de los beneficios o perjuicios que la misma pueda ocasionar, en lo que si nos vamos a enfocar es en las personas más débiles producto de la separación.

La inquietud se plantea porque lamentablemente, al menos desde mi humilde punto de vista, muchas personas, mujeres y hombres, no sólo se separan definitivamente de su pareja emocional sino que también, en el proceso incluyen a los hijos e hijas productos de lo que fue la unión. Existe una variedad interesante de conductas asumidas con la decisión, que más bien representa un abandono, de las cuales las que resaltan por su popularidad son:

-   La separación afectuosa o sentimental: Se da en aquellos padres o madres que abandonar el hogar familiar y sólo se limitan a contribuir económicamente para el sustento de sus hijos, con la creencia que eso es suficiente para ser considerado un buen padre o una buena madre.

-   La separación o desarraigo total: Esta variación, mas nefasta aún, incluye no solamente el abandono afectivo sino también material, dejando a sus hijos e hijas dependiendo exclusivamente del aporte económico y lo que es más importante el aporte moral y afectivo del padre o la madre que queda a cargo de los pequeños.

 Ambas condiciones, basándome desde luego en mi punto de vista, son totalmente inaceptables, porque no hay cheque, cuenta bancaria o cuota de manutención que sustituyan el cariño y el afecto que puede transmitir un progenitor, así como tampoco se puede sustituir el amor filial con la presencia de alguna otra situación o relación por dichosa que ésta sea, sobre todo si lleva a las personas al total olvido de sus responsabilidades como padres o madres.

El llamado es a la reflexión de los fundadores de lo que una vez fue un núcleo familiar a deponer los orgullos necios que la mayoría de las veces tienden a romper puentes y líneas de comunicación. Pensemos en favor de lo más importante, que son los hijos e hijas y dejemos el egoísmo, evitando la actitud irresponsable de olvido para involucrarnos lo más posible en la crianza de los más pequeños, sin esperar otra recompensa que dar al planeta una mejor persona de lo que nosotros fuimos.

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