Así es la vida

Así es la vida

Arturo Pérez Arteaga
Por: Arturo Pérez Arteaga

Yo creo que el brillante físico y filósofo Albert Einstein no tenía ni idea de los alcances y repercusiones que tendría su famosa ley de la relatividad, que aunque poco entendida por la mayoría, nos parece verla presente en todas partes. Este cuento nos muestra cuan relativa puede ser una historia dependiendo de los zapatos que calce el interlocutor.

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Esa calurosa y húmeda tarde Alexander se detuvo a un bar que le era muy familiar. Después de que sus ojos vencieron la penumbra, una vez dentro, se acercó a la barra pidiendo le dieran la cerveza más helada que tuviesen. 

Luego del primer sorbo, se sentó en una de las bancas giratorias y con los ojos entornados lentamente oteó el lugar para descubrir que estaba escasamente concurrido. 

Distinguió lo que le pareció un rostro familiar, sorbió nuevamente la cerveza, miró mejor y sí, definitivamente se trataba de su amigo de la infancia, ex compañero de clases y de aventuras infantiles, Ramón, que estaba sentado sólo en una mesa no muy lejana a la barra, también con una cerveza frente a él.

Se acercó, luego del reconocimiento y el saludo de rigor comenzó la plática. Ramón apenas pudo articular un par de frases cortas porque Alexander le interrumpió con un monólogo que lo mostraba eufórico. 

Le dijo que estaba por ahí porque por fin pudo vender la casa de sus padres a unos incautos que la pagaron muy bien y que bueno así como ese negocio, había hecho muchos de gran provecho para él, que le iba muy bien, se había casado, compró varios vehículos, tenía una casa con piscina y una acción en el club de golf, en fin era un triunfador.

Sin que Ramón le preguntara la razón de sus éxitos, le dijo que se había dedicado a invertir en la minería gracias a un tío sindicalista que lo había metido en el negocio del suministro de todo tipo de insumos para las minas y los mineros, recitando al respecto: 

“Esos mineros son unos animales, sólo se dedican a entrar allí en ese hueco inmundo y pasan todo el día partiéndose el lomo para extraer piedras, que ni siquiera saben para que son… ay Ramoncito, si esos pobres diablos supieran que sólo con medio kilo de lo que extraen al día se les paga a ellos el sueldo de un año, y el resto es sólo ganancias para los dueños, pero al fin, ¿a quién le importan?, las cosas tienen que ser así para que nosotros podamos vivir como lo hacemos, ya la vida aquí arriba es bastante jodida como para estar preocupándonos por los de abajo, total, su tiempo de vida útil es corto y hay que sacarles el mayor provecho, eso sí hay que procurar que se reproduzcan, para seguir manteniendo la mano de obra barata – jajajaja - imagínate que en estos días quisieron pararse porque no tenían implementos de seguridad. Menos mal que mi tío, que es un zorro, les dijo que solucionaría el problema, me puso a parir haciéndome buscar cascos vencidos, para repararlos, pintarlos y hacerlos lucir como nuevos, desde luego con eso me gané una buen dinero y mi tío su acostumbrada comisión”. 

En su largo monólogo consumió su cerveza y pidió otra, porque su garganta no se humedecía al mismo ritmo que hacía fluir las palabras.

- Pero discúlpame Ramón, amigo, yo he hablado mucho, cuéntame de ti… ¿cómo te va?, ¿qué haces?, ¿a qué te dedicas?

- ¿Yo?... pues, hoy estoy de permiso porque me acaba de nacer un niño y bueno, soy obrero en la mina.



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