Despedida y venganza

Despedida y venganza

Arturo Pérez Arteaga
Por: Arturo Pérez Arteaga

Hoy les entrego un cuento que particularmente me gustó mucho porque cuando lo pensé ya tenía definido el final y de alguna manera se escribió solo. Como siempre o casi siempre tiene la carga de ironía que queriéndolo o no, termino imprimiéndole a lo que escribo.

Originalmente se llamaba: "La despedida", pero luego de leerlo en el círculo literario que frecuento, un buen amigo y mejor escritor me sugirió este nuevo título y acepté la sugerencia con agrado, juzguen ustedes mismos...

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Desde que anunciaron la boda, todo fue una sola celebración, los amigos del novio no perdían oportunidad para sonsacarlo y aunque para esas cosas ponía la menor resistencia posible, si intentaba negarse lo chantajeaban diciendo que ya en muy poco estaría irremediablemente atado, preso y fuera de servicio.

Las amigas de la novia no se quedaban atrás, inventaban farras y encuentros a cualquier hora y a ninguna de esas reuniones faltaban el vino o cualquier otro tipo de licor dulce.

Independientemente del bochinche, hombres y mujeres terminaban recordando los viejos tiempos universitarios, en los que la mayoría se conoció y se empezaron a querer con ese amor de quien escoge a su familia metódicamente entre los extraños que tiene a la mano.

Cuando estaba ya muy cercana la fecha de la boda, las tradicionales despedidas de solteros parecían anacrónicas y en consenso decidieron hacer una sola fiesta comunitaria, un solo jaleo, parecido al que armaron con motivo de sus graduaciones. 

Y así fue, desde muy temprano la ingesta alcohólica comenzó, el baile, las risas y las tradicionales historias de lo vivido dijeron presente. 

Al filo de la media noche, una de las amigas comunes, con un nivel etílico capaz de romper el límite de cualquier alcoholímetro, anemómetro, termómetro, barómetro o cualquier otro instrumento de medida, en un arranque de sinceridad subió a la tarima y dijo grito en cuello: 

“Tu eres mi hermanita y por eso no puedo permitir que te cases sin saber que tu novio y yo, en la universidad, lo hicimos  una vez bajo las gradas del estadio de beisbol, un día que yo estaba molesta porque había discutido contigo”.

El silencio incómodo que siguió a la confesión sólo fue interrumpido por otra de las chicas que improvisó una mesa como tarima y expresó en líneas generales la misma idea, pero esta vez el acto se dio en la cancha de baloncesto universitaria, por motivos similares. 

Luego otra hizo lo propio y repitió la confesión, solamente  cambió el escenario, el lecho en esta oportunidad había sido la cancha de tenis. 

Siguieron las mujeres y las canchas de voleibol, bolas criollas y hasta la mesa de ping pong del salón de usos múltiples, todas motivadas por un arranque de rabia contra la novia luego de una discusión.

Por el galimatías que se armó no sabría decir como terminó todo aquello, lo que sí puedo decir con propiedad  y sin temor a equivocarme es que a esa tipa le gustaba pelear frecuentemente con sus amigas y su novio… pues su novio… ese era tremendo deportista.

APA:.



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