Esperándote. Cuento

Esperándote. Cuento

Arturo Pérez Arteaga
Por: Arturo Pérez Arteaga

Saludos  amigos y amigas, en esta oportunidad les traigo un cuento que trata de salir de la norma establecida por la mayoría de como debería ser la vida en sociedad. Como en otras oportunidades, se trata de una historia de amor poco convencional pero como todos, igualmente muy sentido.

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Por el intercomunicador Feliciana Sabatti escuchó que su asistente le anunciaba la presencia de un joven latino que la solicitaba. Su corazón de inmediato dio un vuelco. 

Como redoblante latía Su cabeza y le daba vueltas, pálida sintió nauseas y en segundos eternos enmudeció. Las imágenes se agolparon en su memoria de manera desordenada, de inmediato, de forma juiciosa y disciplinada hicieron fila en orden cronológico para mostrarle la historia de su vida.  

Visualizó la escena cuando en un arranque de locura juvenil decidió casarse con el amor que tenía prácticamente desde la infancia, sólo para descubrir al poco tiempo que el matrimonio heterosexual no era lo suyo. Por lo que se separó de su pareja y se fue a Europa a probar suerte. 

Una vez en el viejo continente dio rienda suelta a una vida sexualmente desordenada. Atravesó por situaciones muy amargas al perder el apoyo material y afectivo de sus familiares que no entendían ni aceptaban su manera de pensar y actuar.  

Cayó en picada en una especie de espiral en la que se prostituyó y se hundió el en mundo de las drogas; de donde la sacó el hombre que primero se constituyó en su apoyo incondicional y luego en su gran pasión. Vittorio Sabatti, quien con una gran paciencia y compasión la ayudó a superar sus problemas de adicción.   

Fueron duros y largos meses de rehabilitaciones y recaídas en los cuales este hombre le mostró el amor verdadero. Vittorio incluso estuvo a su lado cuando decidió someterse al conjunto de operaciones que la transformarían de Francisco a Feliciana Molina y entonces la hizo su esposa. 

También mantuvo su apoyo de manera plena cuando Feliciana se enteró de que producto de su matrimonio de juventud, había nacido un niño y que por muchas razones hasta ese momento nadie se lo había informado, era su hijo, y ella luego de profundas reflexiones con el amor a flor de piel, decidió luchar por su derecho a conocerlo y ayudar a criarlo.  

Esa lucha no fue nada fácil, contrataron a los mejores abogados allende el océano y se encontraron, como era de esperarse, con una férrea oposición no sólo de la familia materna del niño, sino de toda una sociedad que no se cansa de atacar de manera despiadada a todo el que demuestre un comportamiento que apenas escape de la norma establecida y Feliciana no era la excepción.  

Como si de un milagro se tratase, luego de un litigio largo y difícil donde tuvo que soportar todo tipo de humillaciones y donde se pudo contar, no sin mucho esfuerzo, con personas justas y libres de prejuicios, Feliciana logró el derecho de conocer a su hijo y compartir su custodia, en una decisión judicial sin precedentes hasta ese momento.   

No obstante, en un ataque de claridad y de amor sin egoísmos como pocas veces se ve manifestado, decidió no someter a su hijo a la burla del resto del mundo que condenaba la persona que era ella.  

Dejó instrucciones precisas de que al niño se le dijera cuando tuviese edad para saberlo, quien era su padre y que fuera él mismo quien decidiera si lo quería conocer o no, bajo los términos y condiciones que mejor le pareciera en una decisión que en definitiva dividiría el alma de Feliciana para siempre, dejando la mitad en el continente americano.  

Desde ese día de vuelta en Europa, por muchos años, Feliciana esperó. Añoraba el momento en que algún joven latinoamericano, se acercara, de la manera que fuera para conversar con ella… y allí estaba en su oficina, a punto de accionar el intercomunicador para girar instrucciones a su asistente. 

-APA-



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