Un milagro algo extraño

Un milagro algo extraño

Arturo Pérez Arteaga
Por: Arturo Pérez Arteaga

Hace algunos meses, mi padre sufrió una hipoglicemia severa que nos dio un buen susto, afortunadamente actuamos a tiempo y gracias al gentil y diligente trato de todo el personal de médicos y enfermeras que le atendió pudimos superar ese momento de crisis de la mejor manera posible.

En mi condición de hijo único me tocó la tarea de acompañar a mi padre durante sus días de hospitalización y fue allí, en esos largos momentos de exámenes, pacientes, enfermeras, pasillos y horas interminables en los que este cuento nació.

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Especialmente alocada, es la mejor definición que puedo dar de esa larga faena. Saliste del trabajo el viernes por la tarde y en lugar de irte a casa, te quedaste con tus amigotes libando como si les hubiesen informado que se acabaría todo el licor del mundo. 

Avanzada la noche, tus ojos delataron que el mensaje en tu teléfono no podía ser sino de uno de los frentes de batalla sexual que mantienes abiertos y activados. Solo algo así podía despegarte de las cervezas que parecían estar más sabrosas que nunca.

Una niña a quien le doblabas la edad te exprimió en todas las acepciones que esa palabra permite y remató la ya avanzada madrugada haciéndote comer cualquier porquería antes de dejarla en su casa. 

Seguro estabas que su faena no terminaría allí, de hecho apenas comenzaba, pero ya tu turno había sido cubierto y lo demás muy poco te importaba.

En lugar de irte a dormir tenías que pasar por casa de Julia, el otro frente oficial, aunque fuese solo a hacer un saludo a la bandera, no te perdonarías no atender a quién te ha  parido tres muchachos contemporáneos a los de tu matrimonio, sin exigirte otra cosa que sus raciones de amor esporádico, cada vez menos frecuentes.

Llegada la mañana del sábado, la resaca estuvo allí puntual, el ratón moral era otra cosa, hacía tiempo no aparecía por allí, parece que entre tanta parranda y tufo a orín de borracho se lo terminó tragando un gato. 

Te rascabas gentilmente las gónadas en tu cama cuando repicó tu teléfono, era tu padre, te llamó porque se sentía enfermo, muy mareado. “Debe estar realmente mal” pensaste, porque para que ese roble se quejara de algo, por lo menos debía ser atacado por termitas radiactivas y así lo entendiste, dejaste de consentir a tus bolas y fuiste enseguida a ver qué le pasaba a tu papá.

Lo encontraste bastante disminuido, te preocupó mucho cuando recordaste que dentro de poco cumpliría su octavo decenio, fue en ese justo momento en que caíste en cuenta de que tu padre ya estaba viejo, nunca antes lo habías notado, no lo habrías siquiera pensado de no ser por esa inesperada llamada que te sacó de tus cavilaciones.

Al llegar a la emergencia del hospital, tu viejito fue atendido de forma diligente, le dieron un medicamento intravenoso para el mareo y le hicieron los exámenes de rigor. Se te notaba preocupado, la condición del enfermo no reportaba mejoría. 

De pronto, ocurrió lo indeseado, el mundo se nubló, el pulso se aceleró, un sudor frío apareció y un fuerte dolor en el pecho parecía el preludio del fin, desplomándose en suelo de la emergencia tu cuerpo inconsciente ante los ojos atónitos de los presentes, incluyendo a tu progenitor que reposaba allí en una camilla.

Dos días después despertaste en la unidad de cuidados intensivos, según te dijeron lo peor había pasado, un infarto al miocardio, casi fulminante te había hecho su víctima y el cardiólogo te dijo que lo único que pudo salvarte era el lugar donde estabas al momento de presentarse. 

¿Quién habría podido imaginar que una hipoglicemia, que se curó con un par de sueros de agua de azúcar sería quien te salvara la vida?

APA:.



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